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El tiempo de la Gran Transformación y de la Corrupción General

14 Abr

Normalmente las sociedades se asientan sobre el siguiente trípode: la economía, que garantiza la base material de la vida humana para que sea buena y decente; la política, por la cual se distribuye el poder y se organizan las instituciones que hacen funcionar la convivencia social; y la ética, que establece los valores y normas que rigen los comportamientos humanos para que haya justicia y paz y para que se resuelvan los conflictos sin recurrir a la violencia. Generalmente la ética viene acompañada de un aura espiritual que responde por el sentido último de la vida y del universo, exigencias siempre presentes en la agenda humana.

Estas instancias se entrelazan en una sociedad funcional, pero siempre en este orden: la economía obedece a la política y la política se somete a la ética.

Pero a partir de la revolución industrial en el siglo XIX, más exactamente a partir de 1834 en Inglaterra, la economía empezó a despegarse de la política y a soterrar a la ética. Surgió una economía de mercado de forma que todo el sistema económico fuese dirigido y controlado solamente por el mercado libre de cualquier control o de un límite ético.

La marca registrada de este mercado no es la cooperación sino la competición, que va más allá de la economía e impregna todas las relaciones humanas. Pero ahora se creó, al decir Karl Polanyi, «un nuevo credo totalmente materialista que creía que todos los problemas podrían resolverse con una cantidad ilimitada de bienes materiales» (La Gran Transformación, Campus 2000, p. 58). Este credo es asumido todavía hoy con fervor religioso por la mayoría de los economistas del sistema imperante y, en general, por las políticas públicas.

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Ético y profético

22 Abr

“No estoy jugando con metáforas”

Durante el debate sobre el futuro de la Iglesia, el teólogo brasileño Leonardo Boff recordó que Ratzinger lo sentó en el mismo lugar que a los juzgados por la Inquisición. Página|12 le preguntó si su relato era literal. Una historia que cruza toda la transformación del Vaticano en una poderosa monarquía absoluta.

Por Martín Granovsky  para Página|12

Esperó recién hasta 1992 para dejar los hábitos de monje franciscano y abandonar el monasterio donde vivía. A esa altura ya había atravesado una experiencia impactante: el 7 de septiembre de 1984, el jefe de la antigua Inquisición, hoy llamada Congregación para la Doctrina de la Fe, lo sentó en la misma sillita que ocuparon el teólogo Giordano Bruno y el astrónomo Galileo Galilei. El inquisidor era el cardenal Joseph Ratzinger, entonces mano derecha doctrinaria de Juan Pablo II y él mismo Papa desde 2005, hasta el jueves (*). El interrogado era el brasileño Leonardo Boff.

Boff no fue quemado vivo como Giordano ni debió pedir perdón por la fuerza como Galileo. Pero en 1985 Ratzinger lo condenó al silencio y desde entonces las jerarquías eclesiásticas le dificultaron cada vez más la chance de expresar sus ideas con libertad. Después de Iglesia, carisma y poder, el libro que lo llevó ante Ratzinger, cada nuevo trabajo encontraba obstáculos para su publicación en editoriales o revistas obligadas a pedir permiso a las autoridades de la Iglesia católica.

En los últimos días, durante el debate sobre el futuro de la Iglesia por el cimbronazo de un papa que se va, Boff recordó en su blog (al que se accede tecleando leonardoboff.com) que fue “sentado en la sillita de Giordano y Galileo”.

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Rejuvenecer como un águila

4 Feb

Por Leonardo Boff

Un mito de la antigua cultura mediterránea nos habla sobre el rejuvenecimiento de las águilas:

De tiempo en tiempo, el águila, como el ave fénix egipcia, se renueva totalmente. Vuela cada vez más alto hasta llegar cerca de sol. Entonces las plumas se encienden y empieza arder. Cuando llega a este punto, se precipita desde el cielo y se lanza a las frías aguas del lago. Y el fuego se apaga. A través de esta experiencia de fuego y de agua, la vieja águila rejuvenece totalmente: vuelve a tener plumas nuevas, garras afiladas, ojos penetrantes y el vigor de la juventud. Este mito seguramente es el sustrato cultural del salmo 103 cuando dice: «El Señor hace que mi juventud se renueve como un águila».

C.G. Jung entendía mucho de mitos y de su sentido existencial. Según su interpretación, fuego y agua son opuestos que cuando se unen se vuelven poderosos símbolos de transformación.

El fuego simboliza el cielo, la conciencia y las dimensiones masculinas en el hombre y en la mujer. El agua, por el contrario, simboliza la tierra, el inconsciente y las dimensiones femeninas en el hombre y en la mujer.

Pasar por el fuego y por el agua significa, por lo tanto, integrar en sí los opuestos y crecer en identidad personal. Nadie que pasa por el fuego y por el agua permanece igual. O sucumbe o se transfigura, porque el agua lava y el fuego purifica.

El agua también nos hace pensar en las grandes crecidas. Con su fuerza arrastraron todo, especialmente lo que no tenía consistencia y solidez. Son los infortunios de la vida.

Y el fuego nos hace imaginar el crisol o los altos hornos que queman y acrisolan todo lo que es ganga y no es esencial. Son las conocidas crisis existenciales. Al hacer esta travesía por la «noche oscura y terrible», como dicen los maestros espirituales, dejamos aflorar nuestro yo profundo sin las ilusiones del ego. Entonces maduramos para lo auténticamente humano y verdadero que hay en nosotros. Quien recibe el bautismo de fuego y de agua rejuvenece como el águila del mito antiguo.

Pero haciendo abstracción de las metáforas, ¿qué significa concretamente rejuvenecer como un águila? Significa entregar a la muerte todo lo viejo que existe en nosotros para que lo nuevo pueda irrumpir y hacer su camino. Lo viejo en nosotros son los hábitos y las actitudes que no nos engrandecen: querer tener siempre la razón y la ventaja en todo, el descuido con uno mismo, con la casa, con nuestro lenguaje, la falta de respeto con la naturaleza, así como la falta de solidaridad con los necesitados, próximos y distantes. Todo esto debe morir para que podamos inaugurar una forma de convivencia con los otros que se muestre generosa y cuidadosa con nuestra Casa Común y con el destino de las personas. En una palabra, significa morir y resucitar.

Rejuvenecer como un águila significa también desprenderse de cosas que fueron buenas y de ideas que en su día fueron luminosas pero que lentamente, con el paso de los años, han sido superadas y son incapaces de inspirar un camino hacia el futuro. La crisis actual perdura y se profundiza porque los que controlan el poder tienen conceptos envejecidos, incapaces de dar respuestas nuevas.

Rejuvenecer como un águila significa tener coraje para volver a empezar y estar siempre abierto a escuchar, a aprender y a revisar. ¿No es esto lo que nos proponemos cada vez que empezamos un nuevo año?

Que el año 2013 que estamos inaugurando sea la oportunidad de preguntarnos cuánto de gallina que sólo quiere andar escarbando en el suelo existe en nuestro interior y cuánto de águila hay todavía en nosotros, dispuesta a rejuvenecer, al confrontarse valientemente con los tropiezos y las crisis de la vida, y a buscar un nuevo paradigma de convivencia.

La difícil búsqueda de la autorrealización

22 Nov

 

Prevalece ampliamente hoy en día una erosión de los valores éticos que normalmente eran vividos y transmitidos por la familia y después por la escuela y la sociedad. Esa erosión ha hecho que las estrellas-guía del cielo quedasen encubiertas por las nubes de intereses dañinos para la sociedad y para el futuro de la vida y el equilibrio de la Tierra.

No obstante esta oscuridad, hay que reconocer también la aparición de nuevos valores ligados a la solidaridad internacional, al cuidado de la naturaleza, a la transparencia en las relaciones sociales y al rechazo de formas de violencia represiva y de transgresión de los derechos humanos. Pero ni aun así ha disminuido la crisis de valores, especialmente en el campo de la economía de mercado y de las finanzas especulativas. Estas son las que definen los rumbos del mundo y el día a día de los asalariados, que viven bajo la permanente amenaza del desempleo. Las crisis recientes han denunciado a las mafias de especuladores instalados en las bolsas y en los grandes bancos, cuyo elevado número y capacidad de rapiña del dinero ajeno casi hizo derrumbarse el sistema financiero mundial. En vez de estar en la cárcel, tales bellacos, después de pequeños reajustes, han vuelto al antiguo vicio de la especulación y al juego de la apropiación indebida de los «commons», de los bienes comunes de la humanidad (agua, semillas, suelos, energía, etc.).

Esta atmósfera de anomia y de que todo vale, que se extiende también a la política, hace que el sentido ético quede embotado y, ante la corrupción general, las personas se sientan impotentes y condenadas a la amargura ácida y a la resignación humillante. En este contexto muchos buscan sentido en la literatura de autoayuda, hecha de trozos de psicología, sabiduría oriental, espiritualidad con recetas para la felicidad completa, todo ello una ilusión, porque no se sustenta ni se apoya en un sentido realista y contradictorio de la realidad. Otros se procuran psicólogos y psicoanalistas de dan consejos mejor fundados, pero en el fondo todo termina con las siguientes recomendaciones: dado el fracaso de las instancias creadoras de sentido, como son las religiones y las filosofías, y habida cuenta de la confusión de visiones del mundo, de la relativización de valores y del vacío del sentido existencial, busque usted mismo su camino, trabaje su Yo profundo, establezca usted mismo referencias éticas que orienten su vida y busque su autorrealización. Autorrealización: la palabra mágica cargada de promesas.

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El fin del sistema

30 Ago

Por Leonardo Boff

(Teólogo, filósofo y escritor. Uno de los fundadores de la Teología de la Liberación) para Revista Fusión.

La cultura del consumismo

Considerando los muchos análisis hechos acerca del conjunto de crisis que nos asolan, llegamos a algo que nos parece central y sobre lo que toca reflexionar seriamente. Las sociedades, la globalización, el proceso productivo, el sistema económico-financiero, los sueños predominantes y el objeto explícito del deseo de las grandes mayorías es consumir y consumir sin límites. Se ha creado una cultura del consumismo propalada por todos los medios. Hay que consumir el último modelo de celular, de zapatillas deportivas, de ordenador.

El 66% del PIB norteamericano no viene de la producción sino del consumo generalizado. Las autoridades inglesas se sorprendieron al constatar que, entre quienes promovían los disturbios en varias ciudades, no solamente estaban los habituales extranjeros en conflicto entre sí, sino muchos universitarios, ingleses desempleados, profesores y hasta reclutas. Era gente enfurecida porque no tenía acceso al tan propalado consumo. No cuestionaban el paradigma de consumo sino las formas de exclusión del mismo.

En el Reino Unido, después de M. Thatcher, y en USA después de R. Reagan, así como en el mundo en general, va creciendo una gran desigualdad social. En aquel país, los ingresos de los más ricos se incrementaron en los últimos años 273 veces más que las de los pobres, según informa Carta Maior el 12/08/2011. Por eso, no es de extrañar la decepción de los frustrados ante un «software social» que les niega el acceso al consumo y ante los recortes en el presupuesto social, del orden del 70%, que los castiga duramente. El 70% de los centros recreativos para jóvenes fueron simplemente cerrados.

Lo alarmante es que ni el primer ministro David Cameron ni los miembros de la Cámara de los Comunes se tomaron el trabajo de preguntar el por qué de los saqueos en las distintas ciudades. Respondieron con el peor remedio: más violencia institucional. El conservador Cameron dijo con todas las letras: «Vamos a detener a los sospechosos y publicaremos sus caras en los medios de comunicación sin importarnos las preocupaciones ficticias con respecto a los derechos humanos». He aquí una solución del despiadado capitalismo neo-liberal: si la orden que es desigual e injusta lo exige, se anula la democracia y se pasa por encima de los derechos humanos. Y esto sucede en el país donde nacieron las primeras declaraciones de los derechos de los ciudadanos.

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Leonardo Boff | Teología de la Liberación

16 Sep

‘Somos la tierra que habla y siente’

Silvia Carafa / La Capital

De palabra serena y mirada encendida, Leonardo Boff cautiva al interlocutor con una bonanza que, como mal rayo, sólo amenazan sus referencias a las injusticias. Para ambos casos hay razones. “Fui y soy franciscano”, dice con respecto a su plácida presencia. También habla de un fuego interior como exigencia para los intelectuales, y entonces se entiende el inquietante mensaje de sus ojos. Teólogo, filósofo, profesor visitante en las universidades de Lisboa, Salamanca, Harvard, Basilea y Heidelberg y autor de más de sesenta obras traducidas a los principales idiomas del mundo, Boff visitó la ciudad para refrendar el Manifiesto Rosario por el Agua y recibir los títulos de doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional de Rosario y Ciudadano Ilustre de Rosario.

Boff, uno de  los fundadores de la Teoría de la Liberación es también doctor Honoris Causa en Política por la Universidad de Turín y en Teología por la Universidad de Lund. Recibió premios en Brasil y en otros países por su lucha a favor de los marginados y de los derechos humanos. También recibió en Estocolmo el Right Livelihood Award, conocido como el Nobel Alternativo. Tiene 71 años y vive en Jardim Araras, región campestre ecológica de Petrópolis, Brasil, desde que en 1992 renunció a sus actividades sacerdotales después de una segunda sanción de la jerarquía eclesiástica; la primera, a instancias del entonces cardenal Joseph Ratzinger, hoy Benedicto XVI.

“Cambio de trinchera para continuar en la lucha”, dijo en ese momento para reafirmarse como teólogo de la liberación, escritor y conferencista. Además es asesor de movimientos sociales de cuño popular liberador, como el Movimiento de los Sin Tierra, las Comunidades Eclesiales de Base y organizaciones ecologistas.

—Habiendo pensado la vida desde tantos campos conceptuales, ¿cómo se presenta a sí mismo?

—Un poco en serio y un poco en broma digo que soy un subversivo cultural. Intento hablar de ecología, teología, ética, en un sentido de cambio; no repetir lo mismo, porque la situación de la naturaleza es tan grave que nos exige alternativas creativas, paradigmas nuevos. Subversivo entonces en el sentido bueno, de abrir caminos para que la vida encuentre su futuro y que la humanidad haga una paz perenne con la tierra con la que estamos en conflicto.

—¿Cuáles son los núcleos más duros que se deben subvertir?

—Un núcleo duro es tratar a la tierra y la naturaleza como un puro objeto. Una especie de baúl del que saco lo que necesito y por eso la maltrato, cuando sabemos, tanto por los pueblos originarios como por lo más avanzado de la ciencia, que la tierra es un súper organismo vivo que articula lo físico, lo químico y biológico. La visión entonces es la tierra como madre. Pero el núcleo más duro y difícil es que vivimos en el paradigma de la dominación. La dominación de personas, clases, países y naturaleza. Esa dominación ha destruido los equilibrios humanos y sociales, y contra ella hay que instaurar el paradigma del cuidado, una relación amorosa con la realidad, protectora. Hay que cuidar todo, la persona, la salud, los ecosistemas, el agua, el planeta entero.

—¿Cómo llega a esta concepción desde su histórica lucha por los llamados pecados sociales?

—En mi vida hay dos momentos que considero importantes. Primero, yo fui franciscano y lo soy; y San Francisco nos dejó esa herencia sagrada de considerar a todos los seres como hermanas y hermanos y tratarlos con mucho respeto. Y a partir de los años 80 me ocupé intensamente de las ciencias de la vida, de la tierra: física cuántica, astrofísica, cosmología, entre otras. Mi último libro, El Tao de la Liberación, que ganó un premio por su importancia en geociencia y cosmología, es un diálogo entre fe y ciencia. Esta visión nueva nos da cuenta de que todo es sistémico, en todos los puntos y movimientos. La tierra es un momento de un proceso inmenso de evolución, que se desarrolló hasta producir vida, que a su vez se desarrolló hasta producir vida consciente, humana. Todo es una unidad. Como decía el genial Atahualpa Yupanqui, nosotros somos la tierra que habla, la tierra que siente. Todas estas cosas me llevaron a mi visión, la más contemporánea, y a mi juicio la única que puede salvarnos de una gran catástrofe humanitaria y además ecológica.

—En su visión, además de reflexión y conciencia crítica, usted articula el placer, una celebración de la vida, incluso no deja de lado el humor.

—Sí. Creo que nosotros enviamos al exilio varias cosas, primero la tierra, después lo femenino que está en el hombre y la mujer, porque lo femenino tiene el cuidado, la sensibilidad. En tercer lugar enviamos al exilio a la espiritualidad, esto es no vivir sólo de valores materiales sino de acuerdo con la solidaridad, el amor, el cuidado. Esto no se rescata por la razón instrumental analítica, sino por la razón sensible, que es nuestra razón más profunda, porque somos mucho más pasión que razón. Ahí está el nicho de los valores, ahí nacen los valores, los sentimientos de pertenencia, de amor, de respeto. No hay que olvidar la razón analítica porque la necesitamos, pero completándola con la razón sensible que nos hace vibrar, amar, celebrar la tierra y la vida. Con los mamíferos, hace millones de años, emergió algo que no había en el universo: el cuidado, la protección de la crianza. El ser humano parte de eso. Lo más profundo de nosotros es el sentimiento, la emoción, la pasión y todo lo que cuenta en la vida son esas dimensiones.

—¿Entonces ese es el marco de su afirmación “la sociedad no vive sin utopías, sin un sueño de dignidad de respeto a todas las formas de vida y a la convivencia”?

—Una sociedad vive mientras tiene grandes ideales, sueños de utopías, si no se hunde en el pantano de los intereses y no tiene trascendencia. La utopía da fuerzas para buscar lo nuevo, lo alternativo, tienen la función de orientarnos, de dar sentido a la vida. Nos hace ver que no estamos condenados a vivir este tipo de vida, sino a completar la creación que Dios quiso imperfecta para que sea también nuestra. Y ahí además de la razón, para no engañarnos, necesitamos la pasión, grandes ideales, ideas fuerzas que hoy están en déficit porque el ideal es consumir y producir más y no tener más cercanía a los demás. Necesitamos sueños nuevos que puedan reencantar la vida.

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