Los awás de la selva amazónica

14 Ago

Hace 20 años que la investigadora Fiona Watson, de la ONG Survival Internacional, conoció a los awá, uno de los últimos pueblos de cazadores y recolectores del planeta. Viven en un pedazo de selva tropical demarcada en el estado de Maranhäo, al norte del Brasil. Hoy su territorio se ha ‘encogido’ un 30%, un tercio menos de bosque tropical amazónico que ha caído en manos de los madereros, los ganaderos, los colonos.

Los últimos datos revelan que sólo entre 60 y 100 awás continúan viviendo en aislamiento, son nómadas que huyen de la asimilación cultural; otros escasos 360 se reparten en cuatro comunidades en las que continúan viviendo como lo hacían antes de sedentarizarse. “Están a punto de la aniquilación, como ha pasado con otros antes”, denuncia Watson.

Evitar un nuevo genocidio y proteger la selva en la que habitan es el objetivo de la campaña mundial que hoy lanza Survival, que ha contado con la colaboración del oscarizado actor británico Colin Firth (‘El discurso del Rey’). Firth ha prestado su voz en un vídeo en el que se llama la atención sobre la situación de estos indígenas, considerados ‘la tribu más amenazada de la Tierra’, y refleja cuál ha sido su modo de vida.

En la ciudad nos sentimos tan inseguros como los forasteros en la selva

Sin embargo, la densa selva amazónica que antaño cubría enormes extensiones del noreste de Brasil prácticamente ha desaparecido, y no para ser reemplazada por ciudades, sino por un páramo aparentemente infinito de haciendas ganaderas. El último reducto de esta otrora fantástica selva, una de las más antiguas del mundo, se encuentra allá donde los pueblos tribales han resistido frente a los avances de los ganaderos y madereros.

Cuando mis hijos tienen hambre, tan solo tengo que internarme en la selva y les encuentro comida

Las mujeres animan a sus maridos a que regresen con abundante carne de caza, y los hombres les hacen caso. Aquellos awás que aún viven sin contacto en la selva cazan con arcos de dos metros de longitud. Las flechas, silenciosas, vuelan alto hacia las copas de los árboles, lo que les permite disparar varias veces antes de que los animales se percaten de la presencia de los cazadores.

Algunos awás sedentarizados han confiscado rifles a los furtivos y se han convertido en habilidosos tiradores. Pero todos los cazadores siguen contando con un arco cuidadosamente fabricado y un juego de flechas para cuando se acaba la munición.

La selva les proporciona su botín, pero no se lo llevan todo. Algunos animales, como la capibara y el águila harpía, son tabú y ningún awá se los comería. Dicen que si te comes un murciélago te dará dolor de cabeza. ¿El gran zorro de cuatro ojos? Huele mal. ¿Los colibríes? Demasiado pequeños. Otros animales solo pueden ser cazados en determinados momentos del año. Así los awás garantizan la supervivencia de toda la selva, y la suya propia.

Los awás tienen un conocimiento muy profundo de la selva. Cada valle, arroyo y sendero está inscrito en su mapa mental. Saben dónde encontrar la mejor miel, cuáles de los grandes árboles de la selva darán frutos pronto y cuándo los animales están listos para la caza. Para ellos, la selva es la perfección: no pueden imaginar que se pueda desarrollar o mejorar más.

Como cazadores-recolectores nómadas, los awás están siempre en movimiento. Pero no vagan sin objeto, ya que es precisamente esta forma de vida la que alimenta ese vínculo fundamental con sus tierras. No pueden concebir el marcharse a otro lugar, el abandonar el hogar de sus antepasados.

Los forasteros están llegando, y es como si estuvieran devorando nuestra selva

Para los forasteros -para nosotros- quedarse quieto es quedarse atrás. La frontera siempre se está moviendo, empujada por las inquietas sociedades occidentalizadas que deben seguir avanzando hacia nuevos territorios simplemente para mantener su modo de vida.

El espectacular filón de recursos subterráneos de Brasil ha ayudado a impulsar su milagro económico. Tan solo bajo la mina de Carajás, 600 km al oeste del territorio awá, hay siete mil millones de toneladas de mineral de hierro. Es la mina de hierro más grande del planeta. Trenes de más de dos km de longitud, unos de los más largos del mundo, recorren día y noche el trayecto entre la mina y el océano Atlántico. A su paso circulan a tan solo algunos metros de distancia de la selva en la que aún viven los awás no contactados.

Cuando en los años 80 se construyeron los 900 km de esta vía ferroviaria, las autoridades decidieron contactar y sedentarizar a muchos awás a través de cuyas tierras pasaba el tren. Pronto tuvo lugar el desastre en forma de malaria y gripe: de las 91 personas que conformaban una comunidad, solo 25 seguían con vida cuatro años después.

En la actualidad el ferrocarril trae a foráneos hambrientos de tierra, de trabajo y de la accesible caza furtiva en el territorio de los indígenas.

Pero los colonos invasores no tienen por qué ser el fin de los awás. Otros pueblos indígenas de Brasil, como los yanomamis, también han sufrido devastadoras invasiones. Se recuperaron cuando el Gobierno se vio presionado a tomar medidas para proteger sus tierras.

Los awás que viven sin contacto con foráneos son uno de los últimos pueblos indígenas aislados del planeta.

Como nómadas, llevan con ellos las cosas que necesitan cuando se trasladan: arcos y flechas, niños, mascotas. Todo proviene de la selva: los cestos hechos con hojas de palma, los aros de liana que usan para trepar a los árboles y la resina que queman para alumbrarse.

A pesar de su enorme autosuficiencia, los indígenas aislados son también excepcionalmente vulnerables. Un resfriado común podría matar a un grupo entero, y si se encuentran con madereros ilegales, sus arcos y flechas no serán rivales para las pistolas de los invasores.

Los awás aislados siempre se están trasladando de un territorio de caza a otro. Pero ahora tienen otro motivo para seguir moviéndose.

No son solo los awás los que aprecian los monumentales árboles de la selva: su territorio está protegido legalmente, pero las bandas criminales de madereros ganan mucho dinero aquí. Solo la resistencia de los indígenas y la llegada de la estación lluviosa ralentiza su avance; el Gobierno apenas tiene presencia en la frontera.

Cuando las lluvias cesan, los madereros aceleran su actividad y los ganaderos queman aún más de la selva de los awás. Las columnas de humo negro se elevan sobre las copas de los árboles y oscurecen el sol. La selva crepita y arde: parece el fin de los días.

El trabajo de los madereros y de los ganaderos ha llegado a un punto crítico: ya se ha talado aproximadamente el 30% de una reserva awá protegida legalmente. La selva de los awás está desapareciendo a un ritmo mayor que el de cualquier otra zona indígena en Brasil.

Si destruyes la selva, también destruyes a los awás

Si se tala su selva, los awás no tienen esperanza de sobrevivir como pueblo.  Pero mientras la selva siga en pie, todos los awás podrán decidir cómo quieren vivir y lo que quieren adoptar del mundo exterior.

Aquellos que se mantienen aislados podrán tomar la decisión más importante de todas: si establecer contacto con nosotros o quedarse en la selva. La elección debe ser suya, no nuestra. Es lo mínimo que les debemos.

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Una respuesta to “Los awás de la selva amazónica”

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  1. Bitacoras.com - 21 agosto, 2012

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