Proyectar el futuro | Una historia pequeñita que merece ser contada

26 Jun

Voy a transcribir el siguiente artículo (al que he llegado por absoluta casualidad) donde se pone de relieve la experiencia de una médica argentina que, como tantos, hacen de su trabajo una verdadera vocación y un ejemplo que se debe dar a conocer.

Por otro lado, manifiesta una parte vergonzosa de nuestra realidad: La marginalidad y miseria que muchos de nuestros hermanos sufren desde siempre, sumidos en un círculo de degradación terrible  que requiere imperiosamente ser interrumpido.

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Nuestros niños | Nuestro futuro

Nuestros niños | Nuestro futuro

Valeria, una historia pequeñita que merece ser contada

Las crisis en las familias marginales como producto social

Dra. Silvia S. Correa

Medicina General

Becario Doctoral CONICET

Universidad Nacional de Tucumán

2004

Resumen

El presente trabajo, presentado como un relato de experiencia permite al lector familiarizarse con una de las tantas experiencias que se presentan a menudo en el consultorio médico. La misma se desarrolla en la localidad de Güemes a 45 Km de Salta Capital. Este lugar se caracteriza por tener una población con alto índice de pobreza y marginalidad, flagelos que han instalado en este paraje desde el cierre del ferrocarril, principal fuente económica.

El presente relato es sólo una de las tantas historias que se presentan a diario, las que por lo general quedan sepultados en el olvido. Esta familia vive en la marginalidad extrema, con profundas fallas estructurales y cuyo destino es muy difícil de cambiar, debido a los llamados procesos transgeneracionales (Fonagy et al. 1994), en los que las historias de privación, abuso y negligencia parecen repetirse sistemáticamente a través de las generaciones.

Valeria

Transcurría una calurosa tarde de octubre, prácticamente el final de la jornada, el ventilador de techo da vueltas monótonas, echando bocanadas de aire caliente en el consultorio de la guardia. Aquél era un día como tantos de verano Güemense, hacía demasiado calor, a éso se sumaba la interminable fila de madres con niños afuera, irritados por la espera y el sopor de la tarde. Cansada, miraba el reloj esperando que las horas trascurran con mayor rapidez, espiando a través de la puerta, y rogando que cada niño sea el último, para poder levantarme de la silla e ir a estirar un rato las piernas. En el final de la tarde el cansancio obliga a concentrarse más en cada caso. La mente casi no razona, la sonrisa se a borrado hace rato, las consultas son de menor de duración, y no hay tanto tiempo ni paciencia para explicar una vez más a la madre, que la diarrea curará con normas de higiene, agua hervida y paciencia.

Así me encontraba, cuando al consultorio llegó Valeria. Era una niña de siete meses que su madre traía en brazos. La depositó en la camilla. El Dr. Villa la había revisado previamente, y me había advertido de ella. Temprano le había pedido unos análisis y hacia más de tres horas que la esperaba. Cuando la vi entrar le puse especial atención. La niña estaba soporosa, apenas habría los ojos, y emitía un llantito que semejaba más un quejido triste y monótono, movía la cabeza hacia un lado y hacia el otro, en forma de negación, una y otra vez. Tenía la cara llena de manchas rojas, los ojos apagados y los más tristes del mundo, su ropita estaba muy sucia, no tenía pañales y estaba toda mojada.. Mire a su madre, tenía el mismo aspecto de la niña, la fisonomía de la tristeza y la miseria, profundas arrugas surcaban su rostro y su mirada era vacía, como si no le importara lo que sucedía a su alrededor. Rápidamente le realice el tratamiento, vía, análisis, cultivos, hidratación y hospitalización. La asumimos como una niña desnutrida, en grave estado séptico, a foco enteral, ya que cursaba una diarrea prolongada y una deshidratación que, sin tratamiento oportuno, habría llevado al óbito a la pequeña en un clima tan hostil como el de aquella tarde.

Al día siguiente fui a la sala de Pediatría, esta vez, como su medico responsable. Entre en la habitación y la encontré dormida, llena de moscas, con la cama mojada, los pantalones del día anterior aireándose a los pies, seguramente una vez secos serian vueltos a usar. Valeria estaba un poco mejor, al menos hidratada, pero sumamente irritable. A diferencia del día anterior hacia frío. Le pedí a la madre que la higienizara, y me fui rápidamente a buscar a María Elena, una dulce enfermera que cumple funciones en el consultorio externo. Sabía que por su naturaleza podría ayudarme a encontrar algunos recursos para la niña. Ella como siempre, de muy buen grado accedió a buscar pañales jabón y ropa limpia para Valeria. En menos de quince minutos la madre disponía de todos los elementos mencionados y María Elena, comenzó con tono firme a dar una breve charla educativa a Ema, la mamá, sobre la importancia de la higiene. En ese momento me di cuenta que presenciaba la escena, una mujer de aspecto humilde, que aun costado y en silencio escucho a la enfermera. Luego dijo: “-Yo también soy pobre señora, y uso trapitos de pañales, para mi niño, pero el ser pobre no es ser sucio. En mi casa lavo los pañales con jabón blanco y no gasto nada…-” Ella le pidió la dirección a Ema y le prometió ir a visitarla. Con asombro observé desde un rincón la escena, sentí gran admiración por la desconocida mientras se alejaba con María Elena, que, como siempre esbozó una gran sonrisa, “-Ya está doctora.-“ Me dijo y se marchó. Me fui a ver la carpeta, comparar resultados de laboratorio y leer el informe de enfermería. Cuando volví a la habitación Valeria lloraba muy enojada, en su mirada había gran tristeza hasta me atrevería a decir dolor. Una madre cuando me vio, acuso a Ema de haber bañado a la niña con agua helada, cuando a pocos metros había caños de agua caliente. Invadida por la impotencia, al vivir una circunstancia que no podía solucionar con medicamentos, suspire y solo le indique a Ema donde estaba el baño con agua templada “para la próxima vez”.

Al siguiente día visite a la niña, estaba muchísimo mejor, las manchas del rostro prácticamente habían desaparecido, pero aun continuaba irritable y moviendo la cabeza en una negación constante, jugaba con un viejo sonajero y su madre como siempre sentada junto al lecho sin tocarla. A veces se retiraba y la niña lloraba sin que nadie asistiera a sus protestas.

En los días sucesivos, Valeria se mostró más conectada con el medio, sonreía y su mamá la tenía más tiempo en brazos, ya no lloraba tanto y jugaba más con su sonajero, hasta sus ojos tristes estaban mas brillantes.

A pesar de la excelente evolución clínica, prolongué la internación, ya que en la misma se había producido un importante interacción entre madre e hija, que quizás antes, por la falta de tiempo, y los numerosos niños al cuidado de Ema, no le permitían la dedicación adecuada y suficiente, que demanda una bebe de siete meses. De pronto, Valeria se había transformado en una niña vivaz, interesada por su alrededor, una paciente modelo, que en vez de llorar sonreía mientras la revisaba.

Tenía pañales limpios, una cama seca, una mamá para ella sola, que la atendía con afecto y que dedicaba todo el día a su cuidado.

Esa mañana me senté en la cama, Valeria ya estaba fuera de peligro y seguramente se recuperaría bien de su enfermedad. Pero había en ella algo más que su cuadro séptico, su deshidratación y desnutrición. Valeria tenía una historia en su mirada, la que me atreví a conocer. Ella, es la menor de catorce hermanos, de los que viven trece, ya que uno de ellos falleció a la edad de seis años. Su mamá tiene cuarenta y cuida a dos nietos, hijos de la hermana mayor, los que se crían con los hermanos que aun viven en la casa. Su papá trabaja lejos, en Jujuy y solo vuelve una vez por mes a la casa. Ema no trabaja y sobrevive con el escaso dinero que su esposo le deja ($50 por mes), ella esta cansada de cuidar niños y de tenerlos, nunca se cuido para no embarazarse y le gustaría hacerlo, ya que su marido a veces “llega y la agarra nomás, -…sin pedir permiso…-” cuenta, “-…sobre todo cuando toma, sino es bueno y trabajador…-”

Hubiese querido dejarla internada para siempre, pero la angustia de Ema por los otros niños, que según nos confiesa ella, habían quedado solos en la casa, me obligaron a volver a una realidad, que no podía dejar de lado. Había otros pequeños expuestos a peligros potenciales, por la ausencia de un mayor que los cuidara adecuadamente. Y la deje ir, con preocupación, intentando pensar que no habría una próxima vez, sin embargo no podía alejar la idea, de que la niña era una condenada a muerte, pero me reconfortaba el saber que la internación había afianzado más la relación madre e hija, y que quizás esto le permitiría a la niña, sobrevivir en tan adversas circunstancias vitales.

Por varios días pensé en Valeria, sentimientos contrapuestos rondaban por mi mente, hasta que un día finalmente decidí encontrar el alivio, la tranquilidad y me atreví a e enfrentar la realidad de su mundo. Así, una calurosa mañana, me fui al asentamiento 25 de Mayo, uno de los más marginales y pobres de Gral. Güemes. Me encontré en una esquina con Don Copa, el agente sanitario del sector, que me llevo la casa de los XXXX. Como es mi costumbre, buena o mala, llevé conmigo una inmensa mochila abarrotada de esas cosas “que son necesarias”, pero que nunca se usan, y por supuesto, mi diario y mi cámara. Me monté en la motito medio destartalada de Don Copa y emprendimos el viaje a la casa de la niña.

Ellos viven en la punta, al final de la calle. La casa es de ladrillos con una pequeña ventana que siempre esta cerrada por unos maderos. Tiene techo de chapa y piso de tierra. La vivienda en su totalidad se reduce a una pieza de seis por seis metros, allí hay dos camas grandes, de dos plazas, una cocina vieja, que ya no sirve y una montaña de ropa en una camastro sin colchón.

Afuera hay una pequeña galería hecha de chapas y cartones, en donde hay una cama de dos plazas y otra de una plaza, una mesa y mucha ropa tirada aquí y allá. Cerca de la cocina, que solo es una pequeña pared al aire libre, en donde apilan un poco de leña, y una ollas negras, en el lado contrario a la galería, esta la letrina hecha de cartones. En el patio queda de recuerdo un viejo peugueot rojo, en donde, una vez; toda la familia vivió. Don Copa, El Agente Sanitario en cada visita intenta una y otra vez, cambiar los hábitos de esta familia, sin resultados desde años. Pesa a los niños, aconseja, deriva, mitiga el dolor físico, pero como se puede mitigar la angustia de un niño triste…

La reflexión

Ésta es una de las tantas historias que a menudo se presentan en el consultorio médico de quienes trabajan en salud, en contacto directo con la pobreza y la marginalidad, en la que existen estas familias “ampliadas, desagregadas”, con graves problemas estructurales. Puede resultar a veces dificultoso aplicar en estos casos tan problemáticos términos de psicología, ya que estos “núcleos de personas”, (el termino de familia, con su significado parece ser bastante difícil de aplicar), parten de un grupo social con graves y profundos problemas en donde la marginalidad ha tendido oscuras raíces, de las que se ha alimentado inexorablemente por generaciones completas sellando en cierto modo, la suerte de la descendencia, la que no parece tener demasiadas oportunidades, al menos en apariencia y cuyo destino fue marcado por sus padres y abuelos.

La historia familiar es sumamente compleja, degradación, violación, incesto, son algunos de los problemas que rodean a esta familia, en donde las intervenciones empíricas por parte del equipo de salud, que dista por lejos de trabajar como tal, no han podido solucionar lo innumerables conflictos que se han producido a lo largo del tiempo. Quizás quien lo vea de afuera concluirá que existe una falta grande de compromiso por parte de los trabajadores de salud local, el que solo soluciona la emergencia o los problemas del momento, para luego volver a arrojar a esta familia a la realidad de la vida cotidiana. Seguramente algo de razón hay, pero son tantos los problemas sociales de esta ciudad que resulta tan complicado y tortuoso que más de una vez el cansancio vuelve sordo, ciego y mudo.

Para quien ha intentado sacar a esta familia del pozo negro se ha topado con una serie de problemas propios de los sistemas en donde la accesibilidad se torna sumamente difícil a medios de ayuda, tutoría de menores, asesoramiento legal y psicológico. Es en estos casos, en donde la brecha entre ricos y pobres parece hacerse gigante, incluso para aquellos que atienden la salud de lo pobres, “los médicos de pobres”, quienes no pueden acceder a sistemas más sofisticados, porque estos están abarrotados de situaciones similares y por lo general, los pedidos de ayuda difícilmente son escuchados.

Las condiciones de vida, muy especialmente en este tipo de asentamientos, de muchos niños, llega a ser infrahumana. Esta, parece ser una constante bastante particular y frecuente, en las familias marginales de zonas rurales muy espacialmente en Güemes, hecho que encuentra su asidero en las condiciones socioeconómicas extremadamente desfavorables de esta región de la provincia, producto de la masiva perdida de fuentes laborales genuinas, producida en la última década, la que es responsable, entre otros males, de una profundización en las brechas sociales, así como de la mayor desigualdad de oportunidades, en el acceso a una educación de calidad medianamente aceptable.

Es un hecho que al margen de los numerosos factores externos negativos, hay en estas familias una falla fundamental en la base de su constitución como tal, la que obedece a los llamados procesos trasgeneracionales (Fonagy et al. 1994).

Por lo general, los problemas, comienzan a manifestarse en la base, o sea en el subsistema conyugal, el que parte de uniones de hecho con absoluta falta de compromiso por parte de ambos conyugues, pero especialmente arraigado en el varón. Estas uniones son producto, por lo general, de un embarazo no deseado, con la llegada de un individuo no querido, por una pareja que no desea el rol de padres. En general ellos repiten la historia familiar de sus progenitores y sus hijos seguramente la repetirán, tal como ya sucedió con uno de los hermanos mayores de Valeria. En este caso, por ejemplo, el varón abandono a su mujer con tres niños, que quedaron al cuidado de la madre y de la abuela paterna.

Todos lo factores mencionados constituyen una carga sumamente pesada para Ema que debe ser madre de sus hijos y nietos, padre, a veces esposa, y mujer… un lujo que no se puede dar.

Sin embargo a pesar de esta realidad tan dura se puede rescatar que existen redes sociales en el barrio y personas o líderes que de alguna manera, van permitiendo la subsistencia a estas familias. La escuela por ejemplo, juega un papel fundamental en la alimentación de los niños, y la contención al menos social, no afectiva, de estos chicos. La convivencia con otros niños puede brindar, numerosos elementos de socialización secundaria positivos, que pueden mejorar la toma de decisiones, y con ellas, el destino de sus vidas.

A pesar de las dificultades económicas y sociales de la escuela y su personal, las maestras, intentan rescatar a los niños, de la calle y la delincuencia, a la que deben acudir inexorablemente por falta de recursos, contención y educación. Todo esto como manifestación de las fallas de los subsistemas intrínsecos, que llevan a serias deficiencias en el proceso de socialización primaria en el seno de una familia con graves falencias estructurales.

El agente Sanitario juega junto a la escuela un rol fundamental en estas familias en donde la figura masculina esta ausente en la mayor parte de las veces, ya que los hombres mayores, o padres, siguen la misma constante. Llegada la ocasión, abandonan a la mujer y sus niños pequeños, migrando a otras provincias en busca de trabajo. Por lo general, trascurren la mayor parte del año de cosecha en cosecha, y la remuneración no siempre llega a sus familias, ya que por lo general, es gastada en alcohol y otros vicios. Es aquí donde el agente sanitario a través de sus visitas periódicas y consejos, va brindando un soporte a las mujeres que se encuentran en la situación de Ema.

El rol del medico y la conclusión final

En este punto se preguntará el lector que ocurrió con la figura del médico, que fuera de aliviar las dolencias físicas de Valeria, debía apaciguar en ella la tristeza profunda que sufría por la falta prácticamente total del vinculo madre- hijo, del apego y del amor fraterno. Palabras y acciones tan lejanas para ella…

Se intentó realizar intervención con asistente social y psicólogo, en el lugar no existía una red vecinal de contención, por lo que se creo, con otros fines, en la casa de un líder comunitario de un asentamiento cercano al 25 de Mayo, un grupo de mujeres capacitadoras, las que no solo funcionaban como educadoras de sus propios hijos y vecinos, sino que cumplían también, “una suerte de grupo de autoayuda y de intercambio con otras mujeres”. Ema fue invitada en reiteradas ocasiones a las reuniones a las que no nunca acudió. Se realizaron algunas visitas más a la familia, la que quedó en manos de la asistente social, seguramente integrando un nombre más de la lista… Quien les relata, fue retirada del lugar meses mas tarde… Valeria…sobrevive aun, pero su destino parece ser incierto.

La educación es el eje fundamental en el desarrollo de los pueblos, es la que fomenta los buenos hábitos, pero también imprime sabiduría, iniciativa, estimula la imaginación, promueve ideas creativas, la inquietud por el saber y la necesidad de acceder a una mejor calidad de vida.

En Argentina la pobreza aumenta día a día, con ella la deserción escolar que engendra aun más pobreza, delincuencia y miseria. Valeria nació como los demás niños, de parto normal, desnudita y con un inmenso potencial, pero la diferencia se marcó cuando la enfermera le colocó la ropita raída y algo sucia. Ya a los siete meses, sufre el estrés del abandono, de la sociedad y de una madre añosa y agotada de cuidar niños.

Para salvar a Valeria debemos implementar políticas que impulsen la protección de los niños, que como ella enferman o mueren diariamente, a través de una educación sexual responsable, que les permita a las familiar tener un número de hijos que puedan cuidar y educar responsablemente…mejorar la educación sanitaria, la formación social en la escuelas, fomentar la solidaridad y la resiliencia (1), para ir de ese modo cambiando esta realidad tan dura.

(1) capacidad de una persona o grupo para seguir proyectándose en el futuro a pesar de acontecimientos desestabilizadores

Más información

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3 comentarios to “Proyectar el futuro | Una historia pequeñita que merece ser contada”

  1. inma 26 junio, 2009 a 11:22 pm #

    una vez mas la falta de informacion
    y la miseria conduce a situaciones
    muy extremas amiga
    no tengo palabras para describir
    la impotencia de saber estas cosas y no
    poder hacer nada, mas que leer y llorar
    porque es uno entre miles y miles de casos
    de miseria extrema,y falta de una educacion
    en todos los sentidos sanitario,etc….
    besos amiga
    …inma….

  2. Lala 27 junio, 2009 a 11:20 am #

    Por dios, qué tristeza me ha provocado…

    😦

    Besos

    Lala

  3. Neogeminis 27 junio, 2009 a 10:24 pm #

    Pero a pesar de lo triste, se puede comprobar que a pesar dela desidia, hay mucha gente valiosa y silenciosa que sigue trabajando por el bien de los de más. Creo que de alguna manera, desde esta República deberíamos rescatar estas historias, para darlas a conocer y para que nos demuestren que cada grano de arena cuenta…y mucho.

    Saludos de fin de semana.

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