Desnudos y pudores

28 Abr

 

Dice la leyenda que en el principio Adán y Eva fueron expulsados del paraíso luego de que la manzana hiciera que tomaran conciencia de su desnudez. Desde ese momento la humanidad ha interpretado su cuerpo (sobre todo ciertas partes específicas) como vergonzosas, culposas e impuras.

Si bien se tiene la suficiente grandeza y capacidad como para valorar y reverenciar la maravilla de la Creación haciendo de la Naturaleza la primera fuente de inspiración para las inquietudes artísticas y espirituales de la humanidad, asumir nuestro propio cuerpo como expresión digna y perfecta de ella, es un tema que todavía (aunque cueste creerlo) no se ha resuelto.

Si bien el concepto de desnudez varía según las culturas, existen ciertas áreas específicas del cuerpo que coincidentemente se asumen como impropias de ser mostradas fuera de la intimidad.

Aún en sociedades tribales donde (para nuestros ojos) hombres y mujeres no se cubren el cuerpo con vestimenta alguna (sin siquiera un taparrabos) la exhibición de las partes más íntimas no se consideran aptas para mostrar a los demás.

Los hombres de ciertas tribus de la selva amazónica, que sólo llevan una hoja de palma envolviendo su pene reaccionan asombrados ante el acto de bañarse totalmente desnudo de un occidental (sin la susodicha hojita de palma!).

También las mujeres, que no cubren su cuerpo más que con algún collar o adorno breve, al sentarse se cuidan de que su zona genital no sea expuesta a la vista de quien se sienta enfrente.

En el arte rupestre, se representaba el cuerpo humano con sus órganos genitales bien definidos a modo de invocación para lograr la fertilidad.  

En la Grecia clásica y la Roma antigua la representación del cuerpo humano totalmente desnudo no era ofensivo, por el contrario eran muy comunes las estatuillas de guerreros o “deportistas” desprovistos totalmente de ropas.

En toda la tradición bíblica es constante la afirmación del valor positivo del pudor, junto con la condenación clara de la falta del mismo.

Con el ascenso de la Iglesia cristiana como reguladora de la moralidad de la sociedad medieval, la consideración de la desnudez como tabú volvió a tomar fuerza, revalorizándose sobre todo el concepto de la impureza de la genitalidad: el cuerpo humano debía ser cubierto por considerárselo vergonzoso y la castidad y la pureza eran virtudes que deberían reflejarse en el carácter de la vestimenta.

A lo largo del tiempo, nuestra cultura occidental fue evolucionando desde aquellos primeros conceptos donde la desnudez sólo podía vincularse a tres situaciones:

  • humillación (los condenados eran conducidos al lugar de su muerte despojados de sus ropas para aumentar la deshonra),
  • impureza (mostrarse voluntariamente descubierto era una ofensa hacia el prójimo y hacia Dios)
  • inocencia absoluta (la desnudez de los niños no era considerada ofensiva).

Paulatinamente el término desnudez fue restringiendo su significado a partes del cuerpo más acotadas. No sin problemas, rechazos y disputas, el arte consiguió derribar las sólidas barreras que imponían las voces religiosas frente a la desnudez. Quizás se pueda decir que fue durente el Renacimiento cuando la sociedad occidental se fue permitiendo observar la representación del cuerpo humano como expresión de la misma Naturaleza, manifestación explícita de la grandeza de Dios.

En el intento de entender y reproducir el equilibrio y la armonía de las formas naturales se avanzó hacia una representación del cuerpo desprendida de aquella vergüenza ancestral que entendía la desnudez como una cuestión tabú; así mismo, y dado lo arraigado de los antiguos conceptos, más de un desnudo realizado por los grandes maestros renacentistas sufrió el agregado de alguna “ramita pudorosa” cubriendo las partes pudendas de los personajes representados.

Con el tiempo, la moral burguesa acabó por producir un amplio y radical oscurecimiento de la concepción bíblica de la sexualidad y de la corporeidad, y consiguientemente del pudor, determinando por reacción -en el momento en que se volvía a descubrir y afirmar el valor de la sexualidad- una tendencia a la negación del valor del pudor y a la completa liberación del sexo y del cuerpo de todo vínculo ético.

El concepto de pudor, si bien subyace hasta en culturas tribales (donde aparentemente la desnudez es tomada como algo natural), no es un elemento innato, sino, adquirido y relativo.

A modo de ejemplo de lo variado del concepto de desnudez e indecencia, vale decir que a principios del siglo XX las mujeres turcas velaban sus rostros, las chinas ocultaban sus pies, las japonesas cubrían sus nucas, y las filipinas consideraban indecente solo el ombligo.

Aún hoy, cuando se considera el desnudo como una forma de expresión estética, éste está todavía excesivamente sujeto a los cánones de la apreciación subjetiva, determinada por cuestiones a menudo ideológicas.

Frecuentemente esta cuestión se plantea desde una perspectiva moralizante o claramente hipócrita, y en nombre de una determinada concepción moral (e incluso en ocasiones con la excusa de supuestas valoraciones estéticas) se llega a satanizarlo, o a establecer vagas e imprecisos límites entre las categorías de arte, erotismo, o pornografía.

Sin embargo, se puede afirmar que las diferencias, se encuentra más en el ojo del “apreciador” que en el objeto mismo. Todas esas valoraciones a menudo hablan más de la psicología o la ideología de quien las emite, y no tanto de los objetos sometidos a juicio.

El cuerpo humano, por otra parte, es algo que nos atañe en forma muy directa, e inevitablemente su exposición produce un efecto en nosotros (positivo o negativo), pues nos reconocemos de alguna forma, o nos sentimos necesariamente aludidos por ese tipo de representaciones.

Nada es más significativo para un ser humano que su propio cuerpo y el de los otros seres humanos. Y la desnudez de esos cuerpos refuerza, de algún modo, la carga semántica de la corporeidad, llevándola hasta el límite de lo insoportable (al menos para algunas personas).

Por ello quizá las imágenes de desnudos están dotadas de tan violenta variedad de significaciones y dependen de las apreciaciones personales del receptor para adquirir toda su significación. Es evidente que nos enfrentamos entonces,  a un problema claramente referido a la cuestión del interpretante independientemente del hecho representado en sí.

Material consultado

Fuente

Encuentros virtuales

 Ciudadana Mónica

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