Suponer que alguien de otro país, con otra realidad, otra historia, otras costumbres, otra idiosincrasia, llegue a entender en poco tiempo -viéndolos desde lejos- los pormenores de la política y la sociedad argentina es pretender demasiado.
Nadie que no haya vivido desde adentro los vaivenes históricos y los sucesivos procesos de la conflictiva política nacional puede interpretar con exactitud cómo se dan las tramas entre los distintos sectores de la sociedad, cómo se alinean los principales personajes, cuáles son los intereses que se mueven detrás de lo que aparenta ser orgánico y en realidad no es. Aunque para ser francos, tampoco se logra entender claramente desde nuestra propia óptica.
Intentar comprender, por ejemplo, que dentro del principal movimiento político hayan cohabitado desde sus comienzos los extremos más reaccionarios con grupos innegablemente progresistas -la derecha más conservadora, con la izquierda más contestataria- no es sencillo de racionalizar. Aceptar como proceso inherente a ese mismo movimiento la sucesión alternativa y la puja constante entre ambos sectores sin que ello haya nunca implicado una fractura determinante dentro de la estructura partidaria tampoco es algo que se comprenda fácilmente. Mucho menos si sumamos el detalle de que los personajes más destacados dentro de ese mosaico variopinto van siendo, según sean las circunstancias, referentes sólidamente aceptados tanto de uno como del otro extremo del abanico ideológico. Ambos sectores, en apariencia, irreconciliables y opuestos entre sí, comparten los mismos líderes ancestrales, las mismas referencias históricas que les dieron origen, las mismas banderas y los mismos himnos presidiendo sus actos partidarios. Incluso no son raros los dirigentes que, alternativamente, se van mostrando al frente de lo que se va dando en llamar oficialismo u oposición según sean los vientos.
A modo de ejemplo, Eduardo Duhalde fue -entre otras cosas- vicepresidente de su correligionario Menem, más tarde, cabeza visible del sector que surge como su antagónico. Luego, dirige en forma interina la presidencia de un país que se viene a pique, revirtiendo la política económica neoliberal que llevó a la Argentina al borde del abismo. Llamando a elecciones en el 2003 apoya y promueve al candidato Néstor Kirchner quien finalmente resulta electo. A partir del 2005 y luego de un periodo de cordialidad, Duhalde se transforma en uno de los principales líderes de la oposición anti K, buscando limitar los poderes extraordinarios y el desembozado personalismo de la política kirchnerista.
Para tratar de comprender por qué y cómo se pueden llegar a dar estas contradicciones es válido tener en cuenta que, en forma genérica, el argentino medio interpreta la adhesión a un partido político como la aceptación de una determinada paternidad. Se busca que el líder político unifique las funciones de padre, líder, y teórico, llegando a aceptar sus sentencias como inapelables y cualquier cuestionamiento corre el riesgo de interpretarse como una traición. Atada a esta tendencia nuestra de dividir la sociedad en opuestos irreconciliables -aunque esos opuestos paradójicamente lleguen a cobijarse bajo las mismas banderas- nos es intrínseca la búsqueda, imposición y aceptación incuestionada de indisimulados personalismos y con ello, una fuerte concentración del poder.
Los personajes políticos que llegan a destacarse -salvo honrosas excepciones- promueven en forma inmediata el surgimiento de propias corrientes personalistas que rápidamente adoptan el patronímico del líder como denominación partidista, generándose por ende y en forma paralela el surgimiento del concepto de “opositor” que abarca a todo el que no adhiera a su liderazgo.
El concepto de “nosotros y los otros” generalmente surge en forma irreconciliable llegando a pasarse por alto cualquier otra coincidencia ideológica que no se circunscriba al círculo interno de ese movimiento. Se llega al límite de ignorar los genéricos conceptos de “izquierda o derecha” universalmente aceptados como indicativos de un mayor o menor conservadurismo ideológico de referencia, a tal punto, que llegan a coexistir ambas posturas alineadas bajo el cobijo de un mismo líder. En este sentido es incuestionable que historiadamente ha sido dentro del partido Justicialista (léase peronismo) donde con mayor frecuencia y con mayores contrastes se ha dado -y sigue dándose- este fenómeno.
Dentro de ese contexto tan difícil de asimilar, acaba de darse para el futuro argentino una circunstancia totalmente imprevista que influirá, sin ninguna duda en nuestros proyectos más inmediatos. Ha muerto Néstor Kirchner, ex presidente y líder indiscutido de la corriente peronista que asumió el poder en el 2003, precisamente luego de la catastrófica crisis en la que sucumbió el país a consecuencia de las políticas neoliberales aplicadas por Carlos Menem (también peronista, recordemos) y sucedáneos.
Como es de suponer, la coexistencia de posturas radicalmente opuestas no puede dejar de generar enfrentamientos internos a medida que cada una pugna por adquirir preponderancia sobre la otra, llegándose incluso al enfrentamiento armado.
Bien cabe recordar uno de los hechos más trágicos de la historia argentina reciente: la llamada masacre de Ezeiza de 1973, en ocasión del regreso del General Perón a la Argentina luego de su exilio en España. Claramente fue el suceso que más cerca estuvo de producir un quiebre efectivo dentro de las filas peronistas y paradójicamente nunca fue lo suficientemente asumido por sus propios protagonistas. Después de aquel violento enfrentamiento en el que se registraron varios muertos y del que nunca se buscaron responsables, los dos extremos antagónicos se fueron consolidando y cerraron filas en torno del viejo líder recién llegado del exilio. Uno de esos sectores, asumido como izquierda armada, será el que deriva más tarde en la agrupación Montoneros con la que se identifica -al menos en palabras- el mismo Kirchner.
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Etiquetas: Argentina, Duhalde, Kirchner, Menem, peronismo
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