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Huertas comunitarias en Rosario | Argentina

Huerta Rosario | Argentina

Huertas urbanas |

Una experiencia

para destacar

 

Rosario (la segunda en población en importancia en el país y la única con gobiernos socialistas desde 1989) es una de las ciudades argentinas con mayor presencia de huertas urbanas y lleva la vanguardia en su difusión y desarrollo.

Cuenta actualmente con 800 huertas urbanas comunitarias.  Más de 10.000 personas están involucradas en los diversos procesos que cubre la actividad, los cuales incluyen desde la siembra hasta la venta de los productos en ferias que se organizan en seis puntos de la ciudad con el apoyo de la Municipalidad.

Las huertas representan una fuente de empleo y constituyen un camino para paliar las necesidades económicas. Además, se destacan por la calidad de los productos, su sabor, conservación y presentación.

No es un fenómeno improvisado. Se trata de un largo proceso de transformación y adaptación a los nuevos contextos del país.

Si bien en Argentina las huertas urbanas comenzaron a aparecer hacia la década de 1980, de la mano de la revolución verde, su proliferación se produce durante las últimas crisis económicas.

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Add comment 6 Mayo, 2008

Desnudos y pudores

 

Dice la leyenda que en el principio Adán y Eva fueron expulsados del paraíso luego de que la manzana hiciera que tomaran conciencia de su desnudez. Desde ese momento la humanidad ha interpretado su cuerpo (sobre todo ciertas partes específicas) como vergonzosas, culposas e impuras.

Si bien se tiene la suficiente grandeza y capacidad como para valorar y reverenciar la maravilla de la Creación haciendo de la Naturaleza la primera fuente de inspiración para las inquietudes artísticas y espirituales de la humanidad, asumir nuestro propio cuerpo como expresión digna y perfecta de ella, es un tema que todavía (aunque cueste creerlo) no se ha resuelto.

Si bien el concepto de desnudez varía según las culturas, existen ciertas áreas específicas del cuerpo que coincidentemente se asumen como impropias de ser mostradas fuera de la intimidad.

Aún en sociedades tribales donde (para nuestros ojos) hombres y mujeres no se cubren el cuerpo con vestimenta alguna (sin siquiera un taparrabos) la exhibición de las partes más íntimas no se consideran aptas para mostrar a los demás.

Los hombres de ciertas tribus de la selva amazónica, que sólo llevan una hoja de palma envolviendo su pene reaccionan asombrados ante el acto de bañarse totalmente desnudo de un occidental (sin la susodicha hojita de palma!).

También las mujeres, que no cubren su cuerpo más que con algún collar o adorno breve, al sentarse se cuidan de que su zona genital no sea expuesta a la vista de quien se sienta enfrente.

En el arte rupestre, se representaba el cuerpo humano con sus órganos genitales bien definidos a modo de invocación para lograr la fertilidad.  

En la Grecia clásica y la Roma antigua la representación del cuerpo humano totalmente desnudo no era ofensivo, por el contrario eran muy comunes las estatuillas de guerreros o “deportistas” desprovistos totalmente de ropas.

En toda la tradición bíblica es constante la afirmación del valor positivo del pudor, junto con la condenación clara de la falta del mismo.

Con el ascenso de la Iglesia cristiana como reguladora de la moralidad de la sociedad medieval, la consideración de la desnudez como tabú volvió a tomar fuerza, revalorizándose sobre todo el concepto de la impureza de la genitalidad: el cuerpo humano debía ser cubierto por considerárselo vergonzoso y la castidad y la pureza eran virtudes que deberían reflejarse en el carácter de la vestimenta.

A lo largo del tiempo, nuestra cultura occidental fue evolucionando desde aquellos primeros conceptos donde la desnudez sólo podía vincularse a tres situaciones:

  • humillación (los condenados eran conducidos al lugar de su muerte despojados de sus ropas para aumentar la deshonra),
  • impureza (mostrarse voluntariamente descubierto era una ofensa hacia el prójimo y hacia Dios)
  • inocencia absoluta (la desnudez de los niños no era considerada ofensiva).

Paulatinamente el término desnudez fue restringiendo su significado a partes del cuerpo más acotadas. No sin problemas, rechazos y disputas, el arte consiguió derribar las sólidas barreras que imponían las voces religiosas frente a la desnudez. Quizás se pueda decir que fue durente el Renacimiento cuando la sociedad occidental se fue permitiendo observar la representación del cuerpo humano como expresión de la misma Naturaleza, manifestación explícita de la grandeza de Dios.

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Add comment 28 Abril, 2008

Consideraciones sobre los umbrales de convivencia en Internet

censura en la red

A propósito de la censura indiscriminada que se viene sufriendo en algunas plataformas de blogs…

 

Al ser parte de una sociedad nuestras acciones deben adecuarse a indispensables normas de convivencia; el derecho de uno termina donde comienza el derecho de los demás; eso, aunque cueste a veces ponerlo en práctica, es un umbral de coexistencia que no se discute.

 

En cualquier actividad donde intervengan numerosos usuarios la definición de límites debe ser muy precisa y no prestarse a confusión; éso es un presupuesto que no siempre se concreta cuando la relación entre el control y los usuarios no es fluida y los canales de comunicación entre ellos no permiten un contacto personal y directo.

 

Suele suceder que invocando la protección de menores frente al abuso o a la proliferación de pornografía en internet, se establecen códigos de conducta tan genéricos que terminan censurando expresiones artísticas que lejos están de esa calificación.

 

Cuando se establece como inapropiada “la desnudez” (en ese grado absoluto) se presupone como obscena la naturaleza misma de nuestra especie, cuando en realidad, lo que resulta “ofensivo o inmoral” sería cierta “intencionalidad” que se le puede dar a esa desnudez; por eso mismo, por tratarse de un aspecto subjetivo, es que el llamado “sentido común” debe dictaminar a dónde están los límites entre lo apropiado y lo inconveniente. Si el criterio de “no aceptar desnudez” se aplica al pie de la letra terminan siendo censurados de la misma manera el David de Miguel Ángel como la exhibición de genitales que se quiera hacer para publicitar un porn site.

 

Sin duda, por ser el usuario quien acepta las condiciones establecidas, serán los responsables que brindan el servicio los que tendrán la última palabra, pero esto no quiere decir que ese arbitrio no deba darse sin un sentido lógico y adecuado a la cultura y a la sociedad a la que está destinado el servicio.

 

No hacen falta muchas luces para entender que en esos casos, la evaluación de lo que infringe o no un aceptable código de conducta, debe estar dada por un criterio “humano y responsable” y no una censura indiscriminada, mecanizada e impersonal donde el usuario ni siquiera tiene expectativas de ser considerado en forma particular.

 

Así mismo, y dado que a pesar de las corrientes globalizadoras en las que se sumerge el mundo tecnológico actual, dentro de la comunidad virtual cohabitan personas de distintos credos y formas de pensar, no se puede pretender “unificar en más” las restricciones expresivas, ya que, precisamente por existir esa pluralidad de culturas no es lógico imponer al resto, los tabúes o prohibiciones que se dan en las sociedades menos permisivas.  

  

Sería lógico pensar en normas de convivencia escalonadas según sea la comunidad en cuestión, ya que lo que ofende a un musulmán, por ejemplo, es algo habitual e inofensivo para un occidental, a quien, muy por el contrario, lo que le resulta ofensivo es esa arbitraria limitación de su libre expresión.

 

Para más información…

Encuentros virtuales en Spaces

Evento en Spaces

 Ciudadana Mónica

imagen perú / blogalaxia


9 comments 25 Abril, 2008

Objetor de conciencia

Camilo

Camilo Mejía fue a combatir a Irak. Volvió, con un permiso, a su casa en Florida. Y decidió desertar. Se entregó al ejército estadounidense a mediados de marzo del 2004, al tiempo que demandó ser considerado “objetor de conciencia”. Fue enjuiciado, encarcelado y liberado antes de cumplir un año de prisión. Se ha convertido en una de las principales voces contra la guerra de Irak.

“RECUPERAR MI HUMANIDAD”. Carta del Sargento Camilo Mejía. Militar del ejército USA condenado a prisión por no querer participar en la guerra de Iraq. “Fui enviado a Irak en abril de 2003 y en octubre regresé a Estados Unidos con licencia por dos semanas. Retornar a casa me dio la oportunidad de poner mis pensamientos en orden y escuchar lo que mi conciencia me decía. La gente me preguntaba por mis experiencias de la guerra y al responder volvía a vivir todos los horrores: los tiroteos, las emboscadas, la vez que vi cómo arrastraban por los hombros a un joven iraquí sobre un charco de su propia sangre o cuando el fuego de nuestras ametralladoras le arrancó la cabeza a un inocente. La vez que presencié el derrumbe emocional de un soldado porque había matado a un niño, o cuando un anciano cayó de rodillas y gritaba levantando los brazos al cielo, como preguntando a Dios por qué nos habíamos llevado el cuerpo sin vida de su hijo. Pensé en el sufrimiento de un pueblo cuya patria estaba en ruinas y encima era sometido a nuevas humillaciones por los allanamientos, las patrullas y los toques de queda de un ejército de ocupación. Y caí en cuenta de que ninguna de las razones que nos dieron para estar en Irak era cierta. No había armas de destrucción masiva. No había vínculo entre Saddam Hussein y Al Qaeda. No ayudábamos al pueblo iraquí y ese pueblo no nos quiere tener allá. No prevenimos el terrorismo ni hacemos más seguro a nuestro país. No pude encontrar una sola razón para haber estado allá, disparando contra personas y siendo blanco de disparos. Venir a casa me dio claridad para ver la línea entre el deber militar y la obligación moral. Me di cuenta de que formaba parte de una guerra que me parecía inmoral y criminal, una guerra de agresión, una guerra de dominación imperial. Me di cuenta de que actuar según mis principios resultaba incompatible con mi función en el ejército, y concluí que no podía volver a Irak. Al deponer mi arma escogí reafirmarme como ser humano. No he desertado del ejército ni he sido desleal a los hombres y mujeres del ejército. No he sido desleal a una patria. Solamente he sido leal a mis principios. Cuando me entregué, con todos mis temores y dudas, no lo hice únicamente por mí. Lo hice por el pueblo de Irak, incluso por los iraquíes que me dispararon: ellos sólo estaban del otro lado de un campo de batalla en el que la guerra misma es el único enemigo. Lo hice por los niños de Irak, que son víctimas de las minas y del uranio empobrecido*. Lo hice por los millares de civiles desconocidos que han muerto en la guerra. El tiempo que dure en prisión es un precio pequeño comparado con el que iraquíes y estadounidenses han pagado con su vida. Un precio pequeño comparado con el que la humanidad ha pagado por la guerra. Muchos me han llamado cobarde, otros me dicen héroe. Creo que se me puede encontrar en algún punto medio. A quienes me han dicho héroe les digo que no creo en los héroes, pero sí creo que personas ordinarias pueden hacer cosas extraordinarias. A quienes me llaman cobarde les digo que se equivocan y que, sin saberlo, también tienen razón. Se equivocan en creer que dejé la guerra por miedo de que me mataran. Reconozco que había miedo, pero también estaba el temor de matar inocentes, de colocarme en posición de tener que matar para sobrevivir, de perder mi alma en el proceso de salvar mi cuerpo, de perderme para mi hija, para la gente que me ama, para el hombre que antes fui, el hombre que quiero ser. Tenía miedo de despertar una mañana y darme cuenta de que mi humanidad me había abandonado. Digo sin ningún orgullo que desempeñé mi cometido como soldado. Mandé un batallón de infantería en combate y nunca dejamos de cumplir nuestra misión. Pero quienes me llaman cobarde, sin saberlo, también tienen razón. Fui cobarde no por dejar la guerra, sino por haber sido parte de ella en un principio. Oponerme a la guerra y resistirla era mi deber moral, un deber que me llamaba a realizar una acción basada en principios. En vez de mi deber moral como ser humano opté por cumplir mi deber de soldado. Todo porque tuve miedo. Estaba aterrado: no quería enfrentar al gobierno y al ejército, temía el castigo y la humillación. Fui a la guerra porque en ese momento era un cobarde, y por eso pido perdón a mis soldados, por no ser líder en lo que debí serlo. También pido perdón al pueblo iraquí. A él le digo que lamento los toques de queda, los allanamientos, las matanzas. Ojalá encuentren en sus corazones ese perdón para mí. Una de las razones por las que no me opuse a la guerra en un principio fue porque tenía miedo de perder mi libertad. Hoy, sentado tras barrotes, me doy cuenta de que existen distintos tipos de libertad, y que pese a mi confinamiento sigo libre en muchas formas importantes. ¿De qué sirve la libertad si tenemos miedo de seguir los dictados de nuestra conciencia? ¿De qué sirve si no somos capaces de vivir con nuestros actos? Estoy confinado a una prisión, pero me siento más conectado que nunca con toda la humanidad. Detrás de estos barrotes soy un hombre libre porque escuché a un poder superior, la voz de mi conciencia. Mientras estaba confinado en aislamiento total, me encontré un poema de un hombre que rechazó y se resistió al gobierno de la Alemania nazi. Por ello fue ejecutado. Se llamaba Alfred Hanshofer y escribió este poema mientras aguardaba la ejecución. Culpa La carga de mi culpa ante la ley es ligera sobre mis hombros; conspirar era mi deber para con el pueblo: de no ser así habría sido un criminal. Soy culpable, pero no en la forma que creen. Debí haber cumplido mi deber antes, hice mal; debí llamar al mal por su nombre, vacilé demasiado tiempo en condenarlo. Ahora me acuso con el corazón: he traicionado mi conciencia demasiado tiempo, me engañé a mí mismo y a mi prójimo. Desde el principio supe el camino que seguía el mal”.

fuente original acontratiempo.net

Ciudadana Mónica


1 comment 19 Abril, 2008


BENVINGUT, BENVIDO, BIENVENIDO, ONGI ETORRI

Has llegado... quédate a ver

¡Has abierto una agenda! Una agenda que es posible cumplir, aunque a veces no se tengan demasiadas intenciones de hacerlo.
Esta agenda es de dos ciudadanos. En ella escribimos lo que deseamos, lo que pensamos, lo que razonamos, lo que imaginamos y, por supuesto, también lo que nunca haremos.

Aquí están nuestras humildes moradas, pasa sin llamar

Ciudadanía que crece sin parar:

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