A consecuencia de una demanda judicial presentada por el Abogado Julio César García con el patrocinio del Doctor Carlos Alberto Díaz, recién en el año 2004 salió a la luz uno de los secretos mejor guardados de la historia argentina. La llamada masacre de los Pilagás o Matanza de Rincón Bomba, sucedida en la actual provincia de Formosa en 1947, durante el primer gobierno de Juan Perón. Se estima que las víctimas fatales fueron más de 1500 integrantes de la etnia Pilagá, masacrados por la Gendarmería Nacional.
El siguiente texto está extraído de los testimonios que ambos abogados lograron reunir como prueba de lo que fue un verdadero genocidio.
Los hechos
[Las comillas indican el texto de los principales testimonios escritos y grabados, de hoy y de aquellos años.]
«En el mes de abril de 1947 miles de braceros Pilagás, Tobas y Wichís son despedidos sin indemnización alguna del Ingenio San Martín de El Tabacal. Un mes antes habían sido traídos, desde el Territorio Nacional de Formosa, caminando cientos de kilómetros, cargando al hombro sus pobres enseres, sus mujeres y sus niños con la promesa que se les pagaría $6 [seis pesos] por día. Una vez en El Tabacal se les quiso abonar la suma de $ 2,50 [pesos] por día.» (Díaz, 2004)
«…Considerándose defraudados recurrieron ante las autoridades respectivas de El Tabacal y no pudieron obtener justicia, por el contrario, cuando insistieron en sus reclamaciones fueron despedidos inhumanamente. El pueblo condolido les ayudó dentro de sus posibilidades. Por su parte la comuna está dispuesta a que se les adjudiquen unos trabajos para que puedan obtener lo indispensable para costear su alimentación. Del Tabacal volvieron a pie hasta Las Lomitas porque carecían de medios para hacerlo por ferrocarril…». (Diario «Norte», Formosa 13-5-47).
«Allí se reúnen entre 7.000 a 8.000 indígenas» (T. R. Cruz, Revista Gendarmería Nacional, ed.120-3-1.991.
«Las primeras víctimas de la hambruna y las enfermedades comenzaron a ser los niños y los ancianos. Luego los hombres y las mujeres. La situación expulsa a esta población a salir de su ámbito natural y buscar ayuda en las poblaciones cercanas, ubicándose en el paraje conocido como ‘Rincón Bomba’. Una delegación encabezada por el Cacique Nola Lagadick y Luciano Córdoba piden ayuda a la Comisión de Fomento de Las Lomitas y al Jefe del Escuadrón 18 Lomitas de Gendarmería Nacional, Comandante Emilio Fernández Castellanos. Se trasladan hasta un descampado, ubicado a 500 metros, aproximadamente, del pueblo ‘para que se vean nuestras miserias…’. Comienzan a mendigar las madres con sus hijos en brazos, puerta por puerta, pidiendo tan sólo un poco de pan. Al principio algunos se solidarizan, inclusive el Jefe del Escuadrón de Gendarmería, como algunos de sus hombres a su mando, se preocupan por la desesperante situación, les dan yerba, azúcar y ropas. Pero al transcurrir de los días las puertas ya no se abren y no se les recibe más en el Escuadrón. [subr. nuestro] (…)
El Presidente de la Comisión de Fomento, telegráficamente, lo impone de la situación al Gobernador Federal [Rolando de Hertelendy, quien administraba ¡negocios familiares en la ciudad de Clorinda!] solicitándole el urgente envío de ayuda humanitaria. También se entrevista varias veces con el Jefe del Escuadrón de Gendarmería, transmitiéndole la preocupación de los vecinos que temen ser atacados por los indígenas hambrientos.
El Gobernador se comunica diligentemente con el Ministro del Interior de la Nación haciéndole saber la gravedad de la situación y la falta de recursos en el territorio para afrontarla (sic). [Sic nuestro]. Este a su vez le hace saber al Presidente Juan Domingo Perón [con quien –según testimonios– en algún momento incluso se pacta una entrevista] quien ordena inmediatamente, como parte de una ayuda mayor y planes de desarrollo social, el envío de tres vagones (…) con alimentos, ropas y medicinas. La carga llega a la Ciudad de Formosa en la segunda quincena del mes de septiembre consignada al Delegado de la entonces Dirección Nacional del Aborigen Miguel Ortiz. Permanece en la estación, a la intemperie, diez días aproximadamente. (…) A la estación de Las Lomitas, llega un solo vagón lleno, dos semivacíos, los primeros días de octubre de 1947, sólo con alimentos, la mayoría en mal estado por el tiempo transcurrido (…): harina con gorgojos y moho; grasa para cocinar derretida por el calor; azúcar; yerba, galletas ya verdes en bolsas. Se sabe de algunas ropas y nada de las medicinas. Son distribuidos y consumidos rápidamente por los miles de famélicos, hambrientos, enfermos, semidesnudos y debilitados seres humanos. A las pocas horas comienzan a sentir los síntomas de una intoxicación masiva. Fuertes dolores intestinales, vómitos, diarreas, desvanecimientos, temblores y nuevamente la muerte… primeramente de los que se encontraban más débiles, que llegó a más de cincuenta, mayormente niños y ancianos. Los gritos y quejidos de dolor en las noches de las madres que aún sostienen en sus brazos a sus bebes muertos retumbaban en la noche formoseña. No tenían consuelo. Los primeros son enterrados en el cementerio ‘cristiano’ de Las Lomitas. Al ser tantos se les niega que lo sigan haciendo en el mismo [subr. nuestro] (…). No les queda otra posibilidad que hacerlo en el monte. Las ceremonias mortuorias, con sus danzas rituales marcadas con el ritmo de instrumentos milenarios, retumban noche tras noche.
(…) Comienza a circular el rumor, lanzado a rodar por no se sabe quién que aquellas sombras de seres humanos no sólo ahora hambrientos, desarmados, indefensos, sino también enfermos [subr. nuestro], estarían por atacar a no se sabe quién. Las danzas, los cánticos en una lengua desconocida y la música interpretada no dejan dormir en las noches calurosas a los habitantes del pueblo como a los hombres y las familias de la Gendarmería Nacional, que viven en el lugar. Se realizan reuniones de vecinos en la sede de la Comisión de Fomento desde donde se les trasmite nuevamente preocupación a las autoridades de Gendarmería Nacional y nuevos telegramas al Gobernador. Comienza a hablarse del ‘peligro indio’.
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