A Tomás Moro sí le entendieron, y quizás éso le costó la vida. En 1535, Enrique VIII, el rey glotón, exhibió su cabeza en una pica alzada sobre el río Támesis.
Veinte años antes, el decapitado había escrito un libro que contaba las costumbres de una isla llamada Utopía, donde la propiedad era común, el dinero no existía y no había pobreza ni riqueza.
Por boca de su personaje, un viajero regresado de América, Tomás Moro expresaba sus propias, peligrosas ideas:
- Sobre las guerras: los ladrones son a veces galantes soldados, los soldados suelen ser valientes ladrones. Las dos profesiones tienen mucho en común.
- Sobre el robo: Ningún castigo, por severo que sea, impedirá que la gente robe si ése es el único medio de conseguir comida.
- Sobre la pena de muerte: Me parece muy injusto robar la vida de un hombre porque él ha robado algún dinero. Nada en el mundo tiene tanto valor como la vida humana. La justicia extrema es una extrema injuria. Ustedes fabrican a los ladrones y después les castigan.
- Sobre el dinero: Tan fácil sería satisfacer las necesidades de la vida de todos, si esta sagrada cosa llamada dinero, que se supone inventada para remediarlas, no fuera realmente lo único que lo impide.
Sobre la propiedad privada: Hasta que no desaparezca la propiedad, no habrá una justa ni igualitaria distribución de las cosas, ni el mundo podrá ser felizmente gobernado.
ERASMO
Erasmo de Rotterdam dedicó a su amigo Tomás Moro el Elogio de la Locura.
En esa obra, la Locura hablaba en primera persona. Ella decía que no habría alegría ni felicidad que no se debiera a sus favores, exhortaba a desarrugar el entrecejo, proponía la alianza de los niños y los viejos, y se burlaba de los arrogantes filósofos, los purpurados reyes, los sacerdotes piadosos, los pontífices tres veces santísimos, y toda esa turba de dioses.
Este hombre molesto, irreverente, predicó la comunión del evangelio cristiano con al tradición pagana.
- San Sócrates, ruega por nosotros.
Sus insolencias fueron censuradas por la Inquisición, incluidas en el Índex católico y mal vistas por la nueva iglesia protestante.
(Eduardo Galeno – Espejos)
Nota. Quizás hoy nos hagan falta nuevas utopías.












Amigos